el fuego en la noche
Exhibición individual de pinturas
Punto D Contemporáneo, Ciudad de Guatemala
2024
Reino, 2024
Acrílico y pastel sobre lienzo
150 x 100 cm
Trópico Peluche, 2024
Barro, acrílico y pastel sobre lienzo
198 x 176 cm
Dos Abuelas, 2024
Acrílico y pastel sobre lienzo
150 x 100 cm
Gato y Perro, 2024
Acrílico y pastel sobre tela
205 x 100 cm
Tormenta, 2024
Acrílico y pastel sobre tela
205 x 100 cm
Lago, 2024
Acrílico sobre papel
183 x 87 cm
Estrella, 2024
Acrílico sobre papel
40 x 60 cm
Paseo, 2024
Acrílico y crayón sobre papel
60 x 45 cm
Paseo de noche, 2024
Acrílico y crayón sobre papel
60 x 45 cm
Descanso en la montaña, 2024
Acrílico y crayón sobre papel
60 x 45 cm
Caballo, 2024
Barro, acrílico y pastel sobre lienzo
40 x 28 cm
Abuela, 2024
Acrílico y pastel sobre bastidor
76 x 50 cm
Descanso en trópico, 2024
Acrílico sobre bastidor
50 x 40 cm
Paisaje, 2024
Acrílico sobre bastidor
45 x 35 cm
Milpa, 2024
Acrílico sobre papel acuarela
28 x 20 cm
Noche y luna, 2024
Acrílico sobre cartón
25 x 12 cm
Conejo, 2024
Acrílico sobre cartón
12 x 25 cm
Piscina, 2024
Acrílico y pastel sobre cartón
21.5 x 12.5 cm
Monstruo, 2022
Lápiz sobre papel
12.5 x 21 cm
Máscara, 2022
Tinta y acrílico sobre papel
12.5 x 21 cm
La idea de lo siniestro, según Freud, emerge cuando el concepto de lo familiar muta hacia algo distinto, hacia otra cosa. Lo hogareño, el hogar en sí mismo, según el padre del psicoanálisis, es un espacio donde se producen secretos que han de transitar hacia lo perturbador. En el universo de Cecilia Porras-Sáenz esto tiene mucho sentido. Cecilia recuerda que, cuando era niña, con su familia, en el camino del exilio, su madre relataba cuentos fantásticos a ella y sus hermanos para pasar el tiempo, para darle forma a lo desconocido y apaciguar ese temor que solo los desterrados pueden entender. Las largas horas dentro del vehículo, en medio de la frontera y la nada, hicieron de las suyas. Esas historias contadas por su madre le dieron razones para imaginar un universo paralelo, con sus propias leyes y personajes cósmicos.
De los pintores y pintoras que conozco, Cecilia es la menos pintora de todos. Cuando habla de su experiencia es una pila de nervios y dudas. Pero esa manera suya de abordar la plasticidad de la materia y el color, con frescura e intuición inteligentes, la he visto muy poco. El resultado es delicioso. Cecilia estudió formalmente la danza y el teatro, experiencias que han confluido en puestas en escena curiosamente pictóricas. En sus pinturas, a cambio de la falta de formación académica, los telones de fondo se manifiestan como selvas tropicales o jardines secretos de una belleza extraña y carnívora. Su utilería: la noche, la luna, muchas piscinas y un repertorio de objetos paradójicos.
¡Pero sus personajes, dios, sus personajes! Mujeres, niñas, fauna fantástica y esos peluches de convite… Peluches semi humanos o humanos peluche, habitantes supremos de sitios lejanos, aislados y taciturnos. Además de todas las referencias que podamos encontrar en la tradición de las máscaras y las danzas locales, inevitablemente los peluches de Cecilia me hacen pensar en los yōkai del folclor japonés, esos personajes imaginarios tan poderosos como conflictivos que, en el mejor de los casos, no deben coincidir con la moral humana. Porque las relaciones interespecie, en el mundo yōkai, advierten los japoneses, suelen terminar en tragedia.
En pocas palabras: en este nuestro país, de tanta locura, incertezas y esperpentos, me parece justo que exista una obra tan loca e indescifrable como la de Cecilia. De una belleza donde comienza lo terrible, como dice Rilke, sus lugares (nocturnos, paradisíacos, poéticos, siniestros) son escenografías tropicales perfectas: lugares imaginados para explorar nuestro lado siniestro y practicar el escapismo.
Rossina Cazali